martes, 15 de noviembre de 2016

Nana.


Antes de quemarte me apago,
antes de apagarme me quemas.

La rutina roe mis huesos,
se mofa de mis miedos, mis demonios...
Abro los ojos: nadie.

Mi mente sueña libertad,
me advierte de mí,
del negro devenir que acecha,
"deja de ser opaca" me grita,
y extraigo sombras, astillas,
reordeno heridas, traumas...
me resbalo,
no pienso renunciar a ser yo misma.

Mis extremidades quieren ser ramas,
mecerse con el viento,
volver a sentir que te sienten...
ser epifanías de abrazos etéreos,
eternos...
de noches gélidas, magia,

odio verte caer
y no poder erradicar la causa.

Aprendí a discernir delirios,
a quitarme la piel, la coraza,
a detonar el muro, aceptar mis lágrimas...
da igual si amanece y llueve,
da igual si nunca vuelves a verme.

Suenan melodías,
me ofrecen cobijo, no me apresan,
hallo miradas sin niebla,
me recomponen, no atormentan.

No soy libre pero tampoco esclava,
situaciones repetitivas que me aletargan,
mentiras, desconfianza,
tristeza y decepciones como carga...

¿Qué más darán las conjuras de la soledad,
de la oscuridad,
que más dará la locura y el tic-tac ya?
si no hay agua que alcance mi arena,

si sigo apagándome
cada vez que te quemas...




sábado, 17 de septiembre de 2016

Eureka.



Como un pájaro que alza el vuelo
y siente el dolor del cordel en sus patas,
olvida mirar hacia abajo
y bate con fuerza sus alas.

Se sabe preso del suelo
de una realidad que lo enloquece,
que odia y que a la vez
también ama.
Hace que siga moviéndose.

Ve la fugacidad de las huellas
de las sombras que deja el recuerdo...
lo que antes era imprescindible
va sobrando
y anda.
Ando, sin miedo.

Aunque sea contradictorio,
aunque aún esté aprendiendo
a curarme las llagas
y yo misma me escueza,
aunque a veces vuelva el ruido
nunca haya tenido alas
el cuerpo me duela de clavarme las uñas
y éstas lloren
por no estar arañando cualquier otro,

aunque me haya quedado sin aire
y siga empeñada en seguir respirando,
aunque quiera salir de mí, de mi cabeza
aunque nadie me conozca del todo
ni sepa jamás de qué coño estoy hablando.

Porque me hice partícipe
de mi propio secuestro
y qué ironía que solo fuera yo a buscarme.
Vosotros solo preguntábais
y acabé respondiendo que sí,
que me encontraba bien,
que más os daba dónde.

Y ahora soy yo la que me pregunto
cómo llegué a ser yo sin serlo,
cómo fui tan dictadora conmigo misma,
tan jodidamente nazi y fascista.

Pero quiero deshacerme
de toda la sangre y las balas,
del olor a pólvora y las manos manchadas,
quiero ser yo, otra vez,
sin tener que repetírmelo otras mil veces más
ni hacer otro poema inútil
para sentir que lo estoy intentando
(lo estoy intentando).

Me llamé hace meses pidiendo un rescate;

hoy he vuelto a hacerlo
y, por suerte
no estaba comunicando.



domingo, 17 de julio de 2016

Tarde, es nunca.



Así es el tiempo, el tiempo desnudo;
viene lentamente a la existencia, se hace esperar
y cuando llega uno siente asco
porque cae en la cuenta
de que hacía mucho que estaba allí.
...


El lago. El agua. Su nivel ya está bajando.
Y entras. Con cuidado.

Lo haces con esos zapatos,
con los de no mancharte.
Por miedo, por angustia, por ansiedad,
porque es lo que se hace y, por eso.
Por eso lo haces.

Te hundes en la tierra mojada,
el barro empieza a cubrir tus suelas.
Buscas algo.
Buscas como quien tiene una palabra
en la punta de la lengua
y se queja porque no le sale. Y pasan los días
y en uno de ellos, a una hora cualquiera,
con gente cualquiera: le viene a la cabeza.

Pero ya han pasado los días,
da igual que la pronuncie
que la escuche o que la vea escrita,
ya no la reconoce.

"Seguro que era una palabra cualquiera",
y así se convence. Así la deshecha.
Así estás. Dando vueltas. Andando.
El barro te llega por las rodillas,
te pesan y te dejas caer, cansado.

Y ahí está.
La piedra que tiraste hace tanto tiempo al lago,
cuando no sabías qué eran los años,
los daños, el agua, el barro.

No te has hecho mayor. No has envejecido. Solo has olvidado.

Porque estabas en otros mares,
esos que, decían, eran más salados,
más grandes, mejores. Vaya gilipollez.

Y tiraste otras piedras, robaste algunas,
compraste y vendiste otras tantas, quizá más
de las que realmente te hubiera gustado. Ser.

Porque quisiste más de lo que realmente querías, porque realmente no querías nada,
porque no supiste disfrutar de tu propio baño...

¿crees que aún te queda agua?



sábado, 11 de junio de 2016

Entropía.



Una plaga de avispas
anidó dentro de ella.
La destruían para crear,
para crearla.

Muros de flores secas siendo techo,
arañas tejiendo densas redes blancas,
cubriendo todo aquel infeliz hueco,
formando un vacío lleno de nada,
como si de pupilas llorosas
y pestañas mojadas se tratara.

Los silencios sepultaban
y el estruendo de su vuelo nunca cesaba,
el zumbido, el aguijón, la picadura...
¿dónde estás?

Pobre cerebro arrojado a tal encrucijada, débil, lidiando batallas sin fuerza alguna,
retorciéndose, lidiando con el caos
y la locura.

Pero sus párpados se abren,
está obligada a vivir,
a sentir dentro de ese mundo
que la desampara,

que la mata y, a la vez
le permite usar sus alas...



miércoles, 18 de mayo de 2016

No.


(acuarela: @Morgart_EN)



sí.
te entiendo.
lo siento.
te escucho.
¿estás bien?

venga, vamos.
cálmate.
estoy aquí.
¿seguro?

que sí.
¿qué?
mírame.
te espero.
sí, aquí.
vale.
me quedo.

sonríe.
aún estoy.
sigue.
voy.
puedes.
puedo.
¿me quieres?

...

parar el drama
una vez roto el teatro,
aplaudir
y transformarlo de nuevo en comedia.
irónica, humorística, absurda,
dolorosa. da igual, se trata de un proceso más
y como tal, llega a su fin,
nadie puede remediarlo.
sube el telón. vuelve a empezar.
por ti.

algunos actores ríen,
otros lloran.
se sienten solos con alguien al lado,
se aburren si dura demasiado.
no les gusta. fuera. cambio.
bájate del escenario.

ese era el trato que no firmé.
sí.
al menos yo
no me quedé sin intentarlo.



martes, 10 de mayo de 2016

El mundo que ella vio.




¿y qué somos sino árboles a merced del viento?

¿qué somos sino los nidos que caen con los novatos dentro?

¿qué somos sino la madre, que desesperada, intenta reanimarlos aun muertos?

Somos el buitre que los devora,
y tranquilo, se come sus restos,
repitiendo en bucle la historia.


O quizá no.

Habrá que plantar un árbol nuevo
por cada uno que talen.
Hacer fértil cada trozo de tierra que profanen,
recuperar el verde puro
para no volver a respirar su triste gris,
ese que bajo el nombre de paz
bombardea las calles.

Desdoblar las verdades que ocultan
entre toda una maraña
de afilados clavos,
encontrarlas a pesar de las heridas
que nos salgan por buscarlas,
pero seguir, sin que el dolor nos frene,
sin derramar por ello lágrimas.

Desmontar su puzzle,
desaprender todo cuanto nos imponen,
ver más allá de sus horizontes,
de sus fronteras y, quemarlas,
despertar del largo trance.

Dar, dar y dar
por poco que tengas,
por poco que sea,
aunque ellos te digan
que dignifica más guardar,
no compartir, no ayudar,
no sentir empatía,
no hacer nada por los demás.

Tendremos que arrojar luz,
esperanza sobre tanta oscuridad,
esa que día tras día
nos venden como una noticia más,
camuflada, con cientos de filtros,
edulcorada para que no nos siente mal.

Controlándonos, manipulándonos
y como sonámbulos,
como ciegos que siguen una voz en off,
sin cuestionarla,
vamos andando sin salirnos
del patrón que nos marcan.

Siendo como ellos quieren:
una masa moldeable,
unificada, ignorante, callada.

Tú eliges qué papel jugar,
tú decides ver los hilos o no,
concienciar al resto o no,
saltar del escenario que han creado
y,
empezar a luchar.

¿Prefieres seguir con los ojos cerrados?

Bien,
tu ficción
no será mi realidad.



domingo, 1 de mayo de 2016

Me necesito.



Hace un año casi.
Pero no.

Pido salir de mí misma
para ser yo realmente,
romper con mi silencio,
sacar las manos, el cuerpo
y volver a verme.

Poder mirar con otras ganas,
con otra perspectiva,
saber priorizarme,
dejar en el suelo esta piel sucia,
llena de polvo, de pesimismo reseco,
de realidad ciega.

Me pido reencontrarme.

Hace varios meses casi.
Pero no.

He idolatrado bufones
otorgándoles privilegios,
aumentando su esencia
en lugar de diluirla.
En lugar de ver su verdadera naturaleza.
Dándoles vida
aunque me hubieran abandonado ya.

Los mismos que fueron refugio.
¿O eso también es mentira?

Los mismos a los que permití
que se rieran de mí.
Lo siento, tampoco aquí
escuché mi llanto.

Hace varias semanas casi.
Pero no.

Me susurro, me hablo, me grito:
"debería de..."
y retumbo en mi pecho
y sueno tan alto
que soy incapaz de escucharme.

No puedo ayudarte a salir,
no en este momento,
no con esta tristeza adherida a mí.

Ayúdame,
eres tú la única que me conoce.
Y perdóname por casi matarte,
por las incontables puñaladas.
Yo nos perjudico a nosotras,
la sangre te pertenece a ti.

Hace varios días casi.
Pero no.

Me aferro a una corriente de aire,
a la ausencia de latidos terrenales,
a la nada. Y la nada obtengo.

Me tiene.
Me tiene solo porque pienso que me tiene.
Porque asumo erróneamente
que no hay escapatoria.

¿A quién pretendo engañar?
Ni siquiera hay barrotes.

Soy libre.
Yo sola me impongo el yugo,
me torturo, me encarcelo.

(Bea, me autodestruyo autodestruyéndote).

Hoy casi.
Casi.



domingo, 17 de abril de 2016

XXI.


No curé nada.
Tampoco abrí viejas heridas
ni clavé ningún cuchillo nuevo en su piel.


No salvé nada.
No estaba perdido, conservaba sus alas,
no sangraba.


No avivé el fuego ni lo apagué.
No borré sus ojeras
ni cambié las razones
de sus maldormidas noches.


No fui jaula, ni grillete,
ni atadura, ni cadena.


No lo despojé de sus malas hierbas
ni planté ninguna en su lugar.
No sentencié ni juzgué.


No talé su madera
ni vacié su mar.
No alumbré su oscuridad
ni dí más intensidad
a la luz que ya tenían sus ojos.


No me hizo suya.
No fue mío.
Nadie tuvo a nadie,
solo
fuimos
nuestros.


Y mostré mis heridas,
desnudé mis miedos,
dejé que me salvara
aunque ni siquiera él lo pretendía,
le dio sentido al insomnio, a la vigilia,
alumbró mi cuarto sin ventanas
y luego volvió
a dejarlo todo
exactamente
como estaba.


Hice de su guerra mi paz
y de su paz motivo para entrar en guerra.


Me hizo más libre,
más de lo que yo pensaba que ya era.


Parpadea, es intermitente,
y hay tanta belleza en su fugacidad...


Porque no puede ser de otra forma,
porque no quiere ser de otra forma.
Ni quiero que lo sea.


Porque la libertad no se nutre de nadie
ni pretende nutrir a los demás,
porque es totalmente suya,
porque eres tuyo.
Y vuelas.


Y yo, te dejo volar.



sábado, 9 de abril de 2016

Cambio de piel.

Imagina (...) que un día despiertas,
y se te han desordenado todas las fotos,
que miras al espejo, y no reconoces lo que ves.
-Pablo B.



No era yo.

Ese círculo infinito
de perspectivas adyacentes,
de huidas constantes e ilógicas
entre cuerpo y mente,
arañando una por una todas mis entrañas,
pareciéndose cada vez más
a un paralelismo inerte,
sin comas,
sin metáforas.

Durante años, durante meses.

Ajena, boicoteándome,
haciéndome añicos,
arrojándome a cualquier boca
que estuviera dispuesta a besarme.

Me transformé en la versión antagónica,
me convertí en una calma aparente
tan patéticamente falsa
que solo conseguí seguir separándome.
En dos, en tres...
incluso hasta en cuatro partes.
Odiándome.

La maraña de sensaciones que creí sentir
no era más que un vacío falto de oxígeno
que necesitaba llenarse para poder seguir.

Adelante.

No importaba si el aire estaba contaminado,
ni siquiera el porcentaje estimado
sobre cuánto iba a perjudicarme.
Solo se trataba de respirar.
Solo quise que se tratara de eso,
pero ni siquiera mis pulmones
me eran fieles ya.

Dejé que los buitres se alimentaran de mí,
que me consumieran.
Hasta los huesos.
Hasta lamérmelos.

Me renuncié,
me quemé,
me disparé,
me maltraté,
me mentí,
me dejé,
me alejé de mí,
me desconecté.

Me tiré al mar, cerré los ojos
y me hice la muerta.

La parte del océano donde antes nadaba
quedaba ya muy lejos,
allí quedó mi yo anterior,
mi antigua verdad.

La marea me trajo hasta aquí,
dejé que las olas me mecieran hasta revivir,
limpiándome, purgándome,
despojándome de tanta toxicidad.

Me purifiqué.
Mudé mi piel.

Ahora abrazo la tierra,
estoy dentro,
puedo tocar mi raíz,
las sinergias inesperadas,
la sinapsis incontrolable de las miradas,
el salvavidas a tiempo
de quien estuvo siempre ahí,
de quien me tendió la mano,
siempre,
a pesar de todo,
a pesar de mí.

No era yo, no fui yo,
ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí,
pero ahora quiero ser,
y soy.

Conmigo
y sin ti.



sábado, 26 de marzo de 2016

Como yo: gilipollas.

Como la avispa que se arrepiente de haber clavado su aguijón en el mismo brazo que antes ha intentado aplastarla.

Como quien es alérgico a algo pero no puede evitar comérselo porque el sabor supera con creces la sensación de ahogo que le viene después.

Como el árbol que están a punto de talar y antes de morir pide perdón. Por si al caer al suelo, por su culpa, muere alguien más.

Como apostar en tu contra, alegando que al acabar la guerra, si sobrevives, si la ganas, serías capaz de suicidarte, negándote a saborear la victoria.

Como ponerte a llorar como una niña pequeña cuando te tiran ese juguete que tanto te gusta, el que está roto, y a cambio, sin preguntarte, creyendo que te conocen, te dan el mismo pero recién comprado. Y lo vuelves a romper, porque estás acostumbrada a cortarte mientras juegas.

Pero nadie ha sido avispa, ni árbol, ni suicida, ni niña pequeña por mí. Ni hace falta.

No os hago falta.


martes, 22 de marzo de 2016

Es martes, no me hagáis mucho caso.



No quiero aferrarme a la falsa seguridad que te da conseguir aquello que se espera de ti o aquello que esperas tú de ti. Ya no sé muy bien quién espera algo de quién y lo que se espera, bueno, tampoco está muy claro. Ni siquiera la exigencia impuesta para conseguirlo, ni la rapidez, ni la eficacia, ni tampoco los daños colaterales o las carencias implícitas. Ni siquiera los excesos, ni qué hacer cuando te abruman tanto que prefieres que te seque del todo alguna ausencia.

A veces creemos que nos sujeta algo, que sin eso todo empezaría a dejar de tener sentido. Como si hubiera una regla no escrita que nos dice casi susurrando que es extremadamente necesario no soltarlo. Como si le debiésemos algo, como si nos debiésemos algo a nosotros mismos y la única manera de pagarnos, de saldar esa especie de deuda fuese aferrándonos a eso. Y, casi inconscientemente, la acatamos.

Pero no nos sujeta nada, es solo humo, una ilusión. Y lo peor no es darse cuenta de ello. No eres más listo, más genio, ni siquiera más feliz. Ser capaz de verlo hace que te paralices, porque no lo entiendes, porque lo has soltado y aún estás ahí, en el mismo sitio, dependiendo solo de ti. Únicamente de ti. Pero eres tú la que se queda atrás, porque los demás siguen persiguiendo lo que se supone que está bien perseguir. Y tú no.

La mayoría de veces no he huido, solo he sido el resultado progresivo de ir rompiendo mis propios axiomas. Constantemente, produciendo, sin querer o puede que incluso hasta queriendo, otros nuevos. Y yo soy eso. Lo que destruí, lo que me sigue destruyendo y lo que hago para intentar que no me destruya de nuevo. Soy restos de todo lo anterior.

Y no sé hasta qué punto podemos modificarnos, o influir con ello en los demás, pero es imposible negarlo. Solo se trata de dominarlo, de mantenerlo alejado, en otra parte que no sea dentro de ti, aunque sea tuyo, aunque seas tú. Porque sí, es una parte de ti pero una parte infinitamente pequeña comparada con lo que necesitas ser a partir de ahora. Y eso debería bastar, debería ser razón suficiente como para intentarlo, como para que quisieras intentarlo.

Aunque para eso debas esperar algo de ti y no de los demás. Porque nunca hubo nadie para sujetarte. Siempre has sido tú. Tú siendo ayudada por ti, siendo perjudicada, juzgada o premiada.
Tú, sin más.

Entonces dime,
¿quién o qué te impide realmente cambiar?



domingo, 20 de marzo de 2016

Contraluz.


"¿quién no tiene el valor para marcharse? 
¿quién prefiere quedarse y aguantar? 
marcharse y aguantar..."



El presente y el ayer
colisionan como insectos
que avanzan en sentido contrario,
impactando,
cayendo sin saber qué hacer.

Como un efecto dominó
en el que las piezas
quedan desordenadas y dispersas
por todo el suelo,
ocultas entre los huecos de mi ser,
asustadas en cualquier rincón,
gritando.

No puedo reconstruirme sin tenerme completa
pero el primer paso es buscarme, ¿no crees?

Intenté revivir un cadáver
olvidando que por mí
ni había estado muerto
ni vivo. Jamás.

La soledad y las ausencias
me golpearon más fuerte
de lo que pude soportar
y sin defensa, sin fuerzas
la nostalgia empezó a reinar.

Yo fui el cadáver,
yo fui la que dejó de respirar.

No quiero que la tristeza
siga incrustándose entre mis sábanas,
es hora de que desaparezca,
aunque los recuerdos
remuevan lágrimas,
aunque se intercalen y me invadan,
aunque no sea capaz
de encontrar mi lugar
ni de reparar mis alas.

Diles que aunque te sientas solo
nunca lo estarás
y que si intentan destruirte,
pierden el tiempo,
la coraza siempre te salvará.
No de ti
pero al menos sí de los demás.

Debo alejarme
porque ME quiero libre
también es un pleonasmo.
Migraré cuando yo quiera,
sin forzar el corazón
y sin retener mi alma.
Sacaré lo malo fuera.

Así que dejad de impulsarme,
dejad de meterme prisa,
de intentar salvarme.

Dejad de empujarme,
ni siquiera sabéis a dónde vais,
y lo peor
es que yo tampoco.



viernes, 26 de febrero de 2016

Dale al botón, rebobina.



Como vivir en el mar
y echar de menos echarlo de menos.
Algo así pero al revés.
Conmigo.

Te sumerges en todas las ausencias,
recorres esos besos incrustados
como alfileres que no te dejan dormir.

Y con esa misma facilidad
te los vas clavando,
cierras el puño asfixiándolos,
asfixiándote, retorciéndote,
y tú misma te ahogas.

Te quedas callada,
tan destrozada que eres incapaz
de defenderte,
frágil,
paralizada,
sin aire.

Oyes pasos,
vuelven al lugar del crimen,
comprueban tus latidos:
"no te sobresaltes,
nadie se queda, pequeña,
no van a salvarte".

Pero te suplican perdón,
como si eso bastara
para que volvieras a la vida,

y lo peor
es que lo haces.



viernes, 29 de enero de 2016

Mía.


Ahora, justo ahora
soy.
De éstas noches en vela,
y las anteriores,
de cada una de las lunas que aún quedan,
de mis vomitadas, tristes
e insomnes ideas.
Soy el silencio emborrachándose,
impregnándose del mojado suelo,
la destrucción
de cualquier artificio soez,
mi paz, la mía,
la guerra que quiero.
Y recuerdo
y lucho por hacer de la rutina
día tras día
una primera vez.
Soy la inocencia
de los niños jugando,
haciéndose los muertos en el agua,
viendo quién aguanta más la respiración
mientras nadan,
el mar permitiéndoles no ser,
porque ya están suficientemente vivos
porque solo ellos aman
sin querer doler.
Soy la ciudad
cuando no escupe gente,
la naturaleza sin nada ni nadie,
la mariposa en la flor
sin temblores que la molesten,
despojada de ojos que la capturen,
porque me sé libre, pura, fuerte,
mujer.



domingo, 24 de enero de 2016

Pies fríos.


Quise despedirme más,
y sólo vi tu pañuelo
lejano irse.
Imposible.


Y un golpe de polvo vino
a cegarme, ahogarme, herirme.
Polvo desde entonces trago.
Imposible.

-Miguel Hernández.



El mar, su vestido blanco ondeando, los rayos del sol sobre ella, reflejando su perfecta sombra mientras baila, su pelo, el olor de su pelo. Sus ojos, cerrados mientras escucha el oleaje, los pájaros... Camina, dejando sus suaves huellas en la arena, y él la observa. Ella abre los ojos, levanta su brazo como señalándolo, como pidiéndole que se acerque y bailan juntos, se funden sus sombras. Están dentro del agua y se besan. Su pelo, el olor de su pelo, sus ojos, cerrados mientras escucha el oleaje, los pájaros...

Nota un dolor intenso en la cadera, vuelve a estar consciente. Está tirado en el suelo, con todo el oxígeno concentrado en sus manos, parpadea, intenta ver algo mientras se dice a sí mismo que pare. Empieza a gritar durante treinta segundos, sabe que ningún vecino se alarmará, nadie vendrá para ver qué pasa. Así que sigue gritando, tiene que oír lo que se supone que debe hacer aunque salga de su propia boca. Se recupera, el pulso vuelve a estabilizarse, sus dedos van separándose de su cuello, uno a uno, lentamente, temblando.

Se incorpora, limpia su nariz con la manga de la camisa, ahora roja por la sangre. Vuelve a sentir la gravedad, su cuerpo, los latidos, el hormigueo en los pies y los gusanos dentro del estómago. Su reflejo sigue sin mirarlo. La media manzana del frigorífico, el cigarro apoyado en uno de los huecos del cenicero, el sudor en las sábanas de la noche anterior, y la anterior, y la anterior. Sale al patio. Respira y como si nunca hubiera entrado aire en sus pulmones, los llena, espera y lo suelta despacio. El sol aún no ha salido pero la luz tenue del salón hace posible distinguir las cosas fuera. El columpio chirriante que aún no ha arreglado, ese árbol que lleva ahí más años de los que él es capaz de recordar, colillas entre el césped jugando a ser hierba y el buzón lleno de cartas, como siempre. Todo lo que ella odiaba. La radio está encendida, suena su canción. Se mete las manos en los bolsillos, aprieta fuerte su foto, nota el dolor en los nudillos... está cansado de estar cansado, de no querer nada, de no poder sentir nada, de no servir para nada, ni siquiera para suicidarse.

Entra de nuevo. Le dice a la chica de la cama que se largue y ella, desnuda, se viste rápido, coge el cigarro del cenicero y las bragas de entre las sábanas. Baja las escaleras, él la mira y por un momento cree verla. No, no es ella. "¡Nunca serás ella!" le grita. Y empieza a llorar. Como un niño cuando le rompen su juguete favorito, pataleando. Y como un loco empieza a murmurar... "nunca será ella, nunca bajará esas escaleras como ella". La chica intenta consolarlo y deja su número en la mesilla. Al darse cuenta se levanta, la agarra por el cuello e intenta matarla, pero consigue relajarse y le exige que se vaya. Ella recupera el aliento, le da una última calada al cigarro, se lo tira a la cara con asco y lo abandona de un portazo.

No la llamará. Ninguna le da el calor que necesita, está harto de despertar con los pies fríos aun teniendo otros al lado. Se tumba en el sofá, aparta el desorden de la mesa y pone sus pies encima. Cigarro en mano empieza a escribir. Eso es lo único que lo mantiene vivo. Y cogiendo el bolígrafo se imagina otra vez en clase, delante de sus alumnos. Podía enseñarles a medir versos, podía contarles la vida de cualquier autor, podía enumerarles todos los géneros literarios en orden cronológico, alfabético si lo preferían, pero no podía enseñarles a apreciar todo eso, a sentir los versos, las palabras... ¿cómo le enseñas a alguien algo que a ti nunca te enseñaron? ¿cómo transmites algo que tú no aprendiste encerrado en esas cuatro paredes? Ese mismo día se retiró. Pero qué sabrá un profesor, qué sabrá él de la vida, que sabrá él de poesía,
de amor...

Miserable, acabado tras la muerte de su esposa, misma ropa día tras día, sin comer, sin ducharse. El mundo es una mierda y él ofrece su mierda de poemas. Una especie de intercambio, equilibrio. A veces parece como si su olor impregnara la casa, como si todo fuera fresco y puro de nuevo, a veces parece que hasta escucha su risa, el sonido de sus pies descalzos andando por todo el salón. Nota sus brazos en él, sus manos acariciando su nuca mientras le susurra al oído algo que lo calma, "cariño, todo irá bien..." y acto seguido se va, huye, se desvanece, lo deja solo. Él grita y sigue gritando, ya está lejos y sabe que no puede alcanzarla, pero sigue gritando, cada vez más alto. Ya no la ve, lo abruma la pena, todo se desmorona y torpe, se va deslizando hasta tocar el suelo.

Es un dolor incesante, agudo, un dolor que le nubla la vista, que lo anestesia. Siente un fuerte golpe en la cabeza. Huele su pelo, el mar...la observa, ella abre los ojos, levanta su brazo como señalándolo, como pidiéndole que se acerque y bailan juntos, se funden sus sombras. Ya están a salvo.



domingo, 17 de enero de 2016

Luz.


"ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida."

-A. Pizarnik.


Las aceras, las flores
descansan del ruido,
se miran, se abrazan
dejan que les cale la calma
y van silenciando los pasos,
arrancando cordeles,
prendiendo de llamas el barro.

Y se besan,
como viejos anarquistas quemados,
como jóvenes ciegos, borrachos...
los que aman con zapatos desgastados,
los que temen,
pero siguen soñando.

Y gritan,
pidiendo libertad para los poetas,
deseando volver a sentir algo,
porque viven para beber de su pena,
porque se alimentan de las lágrimas
que derraman en la noche,
de cuerpos
que jamás volverán a tocar sus manos,
los que ya no están,
los que terminarán por matarlos.

Tú preguntas por qué
mientras los ves llegar al final,
por qué siguen pisando clavos,
desangrándose, retorciéndose,
por qué si pueden evitarlo
y gritas que no es necesario,
que paren.

¿por qué iban a hacerlo?
¿solo porque tú no eres capaz,
maldito cobarde?




lunes, 4 de enero de 2016

No quedan velas.



Recojo balas de plástico,
están incrustadas en el cristal,
veo mi reflejo y con cuidado,
levanto los ojos, me fijo en mí
y aparento que disfruto
de este montón de presente cansado.

Sigo siendo aire entre tanto humo,
logro difuminarme pero no desaparezco,
sigo siendo polvo acumulado en el espejo,
el que me ladra los defectos
y en silencio,
me deja gritando.

Y sigo,
sigo pareciéndome cada vez más

a todo eso que odio.

Camino por veredas desoladas,
por tumbas que ya no me representan,
haciendo cementerios de arena
sobre cualquier gota viva de agua,
ensuciándolo todo,
tiñiéndolo de negro.

Prosigo sin girarme,
siendo consciente de todo el desastre
que voy tejiendo a mis espaldas,
el que al final sé
que acabará por destrozarme.

Pero no tengo la cabeza en el calendario,
"no, esto no va en serio,
será otro simulacro",
digo mientras oigo las sirenas,
mientras me quedo quieta,
y ardo.


Ya no hay nada,
solo eres tú,
siempre tú,
sola.

Ahora nada parece real,
los días pasan, se acumulan,
se acomodan con tanto fracaso,
las palabras, los rostros...
¿y tú has vivido?
no tienes ni la mitad de grietas,
sigues desconociéndolo todo,
demasiado pronto para rendirse,
demasiado tarde para arreglarlo.

Y vuelvo a hablar conmigo
sin encontrar nada nuevo,
mismo camino,
mismas piedras,
mismos miedos.