miércoles, 26 de agosto de 2015

Último sabor a sal.

Arranco las esquinas dobladas,
voy finalizando etapas
a la misma velocidad
con la que me disparan,
intentan disculparse;
tarde,
la bala lo ha cubierto todo de sangre,
no me atrevo a mirar,
los recuerdos se tiñen de rojo,
las palabras se rompen
y el reloj, deja de sonar.

Son despedidas que manchan paredes,
muertes que dan vida,
quebraderos de cabeza
que nunca logro descifrar,
suicidios involuntarios que no cesan,
que destruyen y que me aprietan.

Es un murmullo constante,
una falta diaria
para la cual, hoy, tampoco hallo rescate,
y grito, sola,
como deseando arrancarme de la piel
todo este acumulado desastre.

Porque no quiero que ninguna voz
me sirva de guía en el camino,
ni que nadie me de paz, calma
en forma de falsos latidos.

No llamaré
a ningún cuerpo destino,
no crearé dependencia
ni adoptaré rutinas por vicio,
se trata de andar sin horario fijo,
sin ataduras,
sin prejuicios.

No quiero que otro
ponga fin a mi vacío
ni que me hable de conformismo,
no sabéis nada de lealtad,
seguís cortando vuestros hilos
para añadir cadenas a los demás
y no os da miedo
llamarlo libertad.

No pretendáis
entender la pena en plena carcajada,
es tan ridículo
como querer abrazar el agua,
ni siquiera conseguís darme lástima,
odio vuestro ruido,
casi tanto,
como la ausencia de ganas.



domingo, 9 de agosto de 2015

Bajo tierra.



Creía que el mar curaba, pero todo depende de hasta dónde dejas tú que te cubra el agua. Y de si intentas perder la noción del tiempo en el fondo o encontrarte en él.

Necesito salir de mí para llegar a estar en algún sitio. Necesito irme. Del todo. Sin dejar que nada me ate, sin nada que me incite a volver o a quedarme. Estoy buscando una luz que me vacíe, una que recubra todos mis huecos, una que me permita llenarme justo en el momento en el que me destruya, algo imposible dentro de esta antigua cueva, dentro de lo que una vez me apagó, dentro de este torbellino de malos momentos que se intentan refugiar en la verdad de unos labios que nunca fueron sinceros. Nunca quise eliminar mi locura, mi desgana, ni mi incertidumbre. Creía que necesitaba tu sol, tu calor... pero no. No estoy en la superficie y se me olvida. Soy raíz y nadie va a desenterrarme aunque lo pida.

Solo yo sé quien fue la tormenta que me caló bajo tierra, a la que grité mil veces que se quedara, hasta perder la voz, hasta perder las fuerzas. Y no, no fue suficiente. Soy de piedra e intentan derribarme con arena. Tú fuiste el único que desmontó pieza a pieza todo este muro inútil. Quien llamó a la puerta, y, lejos de encerrarme, la dejó entreabierta para que saliera. Quien me ayudó a salvarme a pesar de saber que al despedirse, iba a volver a ser quien era.

Desde aquí se ve todo peor, más feo, más falso. Se ve tal y como es. Me afecta lo ajeno tanto como lo personal pero no pienso hablar de ello. Me lo guardo, no veréis mi daño. Demasiado aire tóxico tragado, caricias que ni siquiera me han tocado, lágrimas que nadie escucha. Al final marionetas. De sus cuerpos, de sus mentes, de su forma de ver la vida. Ni se plantean la libertad. No ven sus hilos. Parecen anestesiados. No sienten. Incluso parecen más devotos con las decepciones, como quien desea el milagro y a pesar de no llegar sigue y sigue esperándolo. Pero de qué sirve creer en algo si no es en uno mismo...

Me da pánico que no haya tijeras que nos liberen. Que me liberen. Que la marea nos lleve a todos al mismo lugar y que esto sea un ciclo incurable sin posibilidad de mejora. Y veo como se van arrebatando vidas. Veo que nadie se alarma ante tanta injusticia.

Ay si todos tuviéramos como meta curar este podrido mundo, si nos importaran los demás como nos importa tener los bolsillos llenos. Si entendiéramos que nuestra sangre es igual a la de cualquier otro ser que de este mundo forma parte.

Maldigo nuestra enfermedad. Maldigo esta plaga. Nuestra especie. Trozos de papel que nos vuelven locos. Imbéciles.

Aún no sé como lidiar conmigo misma y con todo el desastre camuflado de cotidianidad que se vive día a día ahí arriba. Yo sigo enterrada. Sigo en contacto con la tierra. Sigo luchando por ver la luz. Por ofrecerla. Por darla. Por cambiar esto aunque me quede estancada, aunque el viento me obligue a cambiar de dirección, aunque al final, de mi, ya no quede nada.