Lo que puede pasar y no pasa
se va entrelazando con el ahora,
y a veces
amenaza con matarme.
Lo ensucia todo, lo rompe,
lo estrangula hasta dejarlo sin aire
y luego se lo devuelve.
Se balancea sobre mi cabeza
haciéndome olvidar el presente,
mostrándome momentos ficticios,
presentándolos como reales.
Hasta que vuelve la rutina,
las obligaciones.
Es entonces cuando todo deja de poder pasar,
y tú no estás, no hay nadie.
Hoy tampoco has decidido quedarte.
¿Los oyes?
me gritan que camine por este camino,
como si ellos supieran qué es lo correcto,
como si ellos supieran quién eres,
como si conocieran la fórmula exacta
que tengo que aplicar
para dejar de sentirme así,
como si entendieran mis razones.
Soy un conejillo de Indias
y aún no sé salir de mi jaula.
Pero corro dentro de ella y me creo libre.
Ellos miran y se ríen.
Lo han conseguido,
saben que lo han conseguido.
Joder, lo saben.
«Manos arriba» nos dicen,
y yo te suelto.
Son niños jugando con armas,
siguen apuntándonos y yo insisto,
digo que te he soltado.
«Corre» te gritan,
y tú huyes.
«Se acabó» me gritan a mí.
Bajo las manos,
ya ni siquiera me oyes,
y ellos me matan a tiros.
Te he dejado ir.
Si uno de los dos decide abandonar la guerra
nos retiraremos a la vez.
Lo sabes, joder, lo sabes,
ya no puedo seguir en pie.
Corre en tu jaula, corre,
nunca dejes de hacerlo,
aunque la soledad te ahogue
y encontrarte contigo mismo te de miedo.
Corre hasta que quieras quedarte con alguien.
Corre hasta que quieras quedarte.
Corre hasta que quieras.
Corre.
