domingo, 17 de abril de 2016

XXI.


No curé nada.
Tampoco abrí viejas heridas
ni clavé ningún cuchillo nuevo en su piel.


No salvé nada.
No estaba perdido, conservaba sus alas,
no sangraba.


No avivé el fuego ni lo apagué.
No borré sus ojeras
ni cambié las razones
de sus maldormidas noches.


No fui jaula, ni grillete,
ni atadura, ni cadena.


No lo despojé de sus malas hierbas
ni planté ninguna en su lugar.
No sentencié ni juzgué.


No talé su madera
ni vacié su mar.
No alumbré su oscuridad
ni dí más intensidad
a la luz que ya tenían sus ojos.


No me hizo suya.
No fue mío.
Nadie tuvo a nadie,
solo
fuimos
nuestros.


Y mostré mis heridas,
desnudé mis miedos,
dejé que me salvara
aunque ni siquiera él lo pretendía,
le dio sentido al insomnio, a la vigilia,
alumbró mi cuarto sin ventanas
y luego volvió
a dejarlo todo
exactamente
como estaba.


Hice de su guerra mi paz
y de su paz motivo para entrar en guerra.


Me hizo más libre,
más de lo que yo pensaba que ya era.


Parpadea, es intermitente,
y hay tanta belleza en su fugacidad...


Porque no puede ser de otra forma,
porque no quiere ser de otra forma.
Ni quiero que lo sea.


Porque la libertad no se nutre de nadie
ni pretende nutrir a los demás,
porque es totalmente suya,
porque eres tuyo.
Y vuelas.


Y yo, te dejo volar.



sábado, 9 de abril de 2016

Cambio de piel.

Imagina (...) que un día despiertas,
y se te han desordenado todas las fotos,
que miras al espejo, y no reconoces lo que ves.
-Pablo B.



No era yo.

Ese círculo infinito
de perspectivas adyacentes,
de huidas constantes e ilógicas
entre cuerpo y mente,
arañando una por una todas mis entrañas,
pareciéndose cada vez más
a un paralelismo inerte,
sin comas,
sin metáforas.

Durante años, durante meses.

Ajena, boicoteándome,
haciéndome añicos,
arrojándome a cualquier boca
que estuviera dispuesta a besarme.

Me transformé en la versión antagónica,
me convertí en una calma aparente
tan patéticamente falsa
que solo conseguí seguir separándome.
En dos, en tres...
incluso hasta en cuatro partes.
Odiándome.

La maraña de sensaciones que creí sentir
no era más que un vacío falto de oxígeno
que necesitaba llenarse para poder seguir.

Adelante.

No importaba si el aire estaba contaminado,
ni siquiera el porcentaje estimado
sobre cuánto iba a perjudicarme.
Solo se trataba de respirar.
Solo quise que se tratara de eso,
pero ni siquiera mis pulmones
me eran fieles ya.

Dejé que los buitres se alimentaran de mí,
que me consumieran.
Hasta los huesos.
Hasta lamérmelos.

Me renuncié,
me quemé,
me disparé,
me maltraté,
me mentí,
me dejé,
me alejé de mí,
me desconecté.

Me tiré al mar, cerré los ojos
y me hice la muerta.

La parte del océano donde antes nadaba
quedaba ya muy lejos,
allí quedó mi yo anterior,
mi antigua verdad.

La marea me trajo hasta aquí,
dejé que las olas me mecieran hasta revivir,
limpiándome, purgándome,
despojándome de tanta toxicidad.

Me purifiqué.
Mudé mi piel.

Ahora abrazo la tierra,
estoy dentro,
puedo tocar mi raíz,
las sinergias inesperadas,
la sinapsis incontrolable de las miradas,
el salvavidas a tiempo
de quien estuvo siempre ahí,
de quien me tendió la mano,
siempre,
a pesar de todo,
a pesar de mí.

No era yo, no fui yo,
ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí,
pero ahora quiero ser,
y soy.

Conmigo
y sin ti.