sábado, 9 de abril de 2016

Cambio de piel.

Imagina (...) que un día despiertas,
y se te han desordenado todas las fotos,
que miras al espejo, y no reconoces lo que ves.
-Pablo B.



No era yo.

Ese círculo infinito
de perspectivas adyacentes,
de huidas constantes e ilógicas
entre cuerpo y mente,
arañando una por una todas mis entrañas,
pareciéndose cada vez más
a un paralelismo inerte,
sin comas,
sin metáforas.

Durante años, durante meses.

Ajena, boicoteándome,
haciéndome añicos,
arrojándome a cualquier boca
que estuviera dispuesta a besarme.

Me transformé en la versión antagónica,
me convertí en una calma aparente
tan patéticamente falsa
que solo conseguí seguir separándome.
En dos, en tres...
incluso hasta en cuatro partes.
Odiándome.

La maraña de sensaciones que creí sentir
no era más que un vacío falto de oxígeno
que necesitaba llenarse para poder seguir.

Adelante.

No importaba si el aire estaba contaminado,
ni siquiera el porcentaje estimado
sobre cuánto iba a perjudicarme.
Solo se trataba de respirar.
Solo quise que se tratara de eso,
pero ni siquiera mis pulmones
me eran fieles ya.

Dejé que los buitres se alimentaran de mí,
que me consumieran.
Hasta los huesos.
Hasta lamérmelos.

Me renuncié,
me quemé,
me disparé,
me maltraté,
me mentí,
me dejé,
me alejé de mí,
me desconecté.

Me tiré al mar, cerré los ojos
y me hice la muerta.

La parte del océano donde antes nadaba
quedaba ya muy lejos,
allí quedó mi yo anterior,
mi antigua verdad.

La marea me trajo hasta aquí,
dejé que las olas me mecieran hasta revivir,
limpiándome, purgándome,
despojándome de tanta toxicidad.

Me purifiqué.
Mudé mi piel.

Ahora abrazo la tierra,
estoy dentro,
puedo tocar mi raíz,
las sinergias inesperadas,
la sinapsis incontrolable de las miradas,
el salvavidas a tiempo
de quien estuvo siempre ahí,
de quien me tendió la mano,
siempre,
a pesar de todo,
a pesar de mí.

No era yo, no fui yo,
ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí,
pero ahora quiero ser,
y soy.

Conmigo
y sin ti.



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