sábado, 17 de septiembre de 2016

Eureka.



Como un pájaro que alza el vuelo
y siente el dolor del cordel en sus patas,
olvida mirar hacia abajo
y bate con fuerza sus alas.

Se sabe preso del suelo
de una realidad que lo enloquece,
que odia y que a la vez
también ama.
Hace que siga moviéndose.

Ve la fugacidad de las huellas
de las sombras que deja el recuerdo...
lo que antes era imprescindible
va sobrando
y anda.
Ando, sin miedo.

Aunque sea contradictorio,
aunque aún esté aprendiendo
a curarme las llagas
y yo misma me escueza,
aunque a veces vuelva el ruido
nunca haya tenido alas
el cuerpo me duela de clavarme las uñas
y éstas lloren
por no estar arañando cualquier otro,

aunque me haya quedado sin aire
y siga empeñada en seguir respirando,
aunque quiera salir de mí, de mi cabeza
aunque nadie me conozca del todo
ni sepa jamás de qué coño estoy hablando.

Porque me hice partícipe
de mi propio secuestro
y qué ironía que solo fuera yo a buscarme.
Vosotros solo preguntábais
y acabé respondiendo que sí,
que me encontraba bien,
que más os daba dónde.

Y ahora soy yo la que me pregunto
cómo llegué a ser yo sin serlo,
cómo fui tan dictadora conmigo misma,
tan jodidamente nazi y fascista.

Pero quiero deshacerme
de toda la sangre y las balas,
del olor a pólvora y las manos manchadas,
quiero ser yo, otra vez,
sin tener que repetírmelo otras mil veces más
ni hacer otro poema inútil
para sentir que lo estoy intentando
(lo estoy intentando).

Me llamé hace meses pidiendo un rescate;

hoy he vuelto a hacerlo
y, por suerte
no estaba comunicando.



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