domingo, 17 de julio de 2016

Tarde, es nunca.



Así es el tiempo, el tiempo desnudo;
viene lentamente a la existencia, se hace esperar
y cuando llega uno siente asco
porque cae en la cuenta
de que hacía mucho que estaba allí.
...


El lago. El agua. Su nivel ya está bajando.
Y entras. Con cuidado.

Lo haces con esos zapatos,
con los de no mancharte.
Por miedo, por angustia, por ansiedad,
porque es lo que se hace y, por eso.
Por eso lo haces.

Te hundes en la tierra mojada,
el barro empieza a cubrir tus suelas.
Buscas algo.
Buscas como quien tiene una palabra
en la punta de la lengua
y se queja porque no le sale. Y pasan los días
y en uno de ellos, a una hora cualquiera,
con gente cualquiera: le viene a la cabeza.

Pero ya han pasado los días,
da igual que la pronuncie
que la escuche o que la vea escrita,
ya no la reconoce.

"Seguro que era una palabra cualquiera",
y así se convence. Así la deshecha.
Así estás. Dando vueltas. Andando.
El barro te llega por las rodillas,
te pesan y te dejas caer, cansado.

Y ahí está.
La piedra que tiraste hace tanto tiempo al lago,
cuando no sabías qué eran los años,
los daños, el agua, el barro.

No te has hecho mayor. No has envejecido. Solo has olvidado.

Porque estabas en otros mares,
esos que, decían, eran más salados,
más grandes, mejores. Vaya gilipollez.

Y tiraste otras piedras, robaste algunas,
compraste y vendiste otras tantas, quizá más
de las que realmente te hubiera gustado. Ser.

Porque quisiste más de lo que realmente querías, porque realmente no querías nada,
porque no supiste disfrutar de tu propio baño...

¿crees que aún te queda agua?



No hay comentarios:

Publicar un comentario