Quise despedirme más,
y sólo vi tu pañuelo
lejano irse.
Imposible.
Y un golpe de polvo vino
a cegarme, ahogarme, herirme.
Polvo desde entonces trago.
Imposible.
-Miguel Hernández.
El mar, su vestido blanco ondeando, los rayos del sol sobre ella, reflejando su perfecta sombra mientras baila, su pelo, el olor de su pelo. Sus ojos, cerrados mientras escucha el oleaje, los pájaros... Camina, dejando sus suaves huellas en la arena, y él la observa. Ella abre los ojos, levanta su brazo como señalándolo, como pidiéndole que se acerque y bailan juntos, se funden sus sombras. Están dentro del agua y se besan. Su pelo, el olor de su pelo, sus ojos, cerrados mientras escucha el oleaje, los pájaros...
Nota un dolor intenso en la cadera, vuelve a estar consciente. Está tirado en el suelo, con todo el oxígeno concentrado en sus manos, parpadea, intenta ver algo mientras se dice a sí mismo que pare. Empieza a gritar durante treinta segundos, sabe que ningún vecino se alarmará, nadie vendrá para ver qué pasa. Así que sigue gritando, tiene que oír lo que se supone que debe hacer aunque salga de su propia boca. Se recupera, el pulso vuelve a estabilizarse, sus dedos van separándose de su cuello, uno a uno, lentamente, temblando.
Se incorpora, limpia su nariz con la manga de la camisa, ahora roja por la sangre. Vuelve a sentir la gravedad, su cuerpo, los latidos, el hormigueo en los pies y los gusanos dentro del estómago. Su reflejo sigue sin mirarlo. La media manzana del frigorífico, el cigarro apoyado en uno de los huecos del cenicero, el sudor en las sábanas de la noche anterior, y la anterior, y la anterior. Sale al patio. Respira y como si nunca hubiera entrado aire en sus pulmones, los llena, espera y lo suelta despacio. El sol aún no ha salido pero la luz tenue del salón hace posible distinguir las cosas fuera. El columpio chirriante que aún no ha arreglado, ese árbol que lleva ahí más años de los que él es capaz de recordar, colillas entre el césped jugando a ser hierba y el buzón lleno de cartas, como siempre. Todo lo que ella odiaba. La radio está encendida, suena su canción. Se mete las manos en los bolsillos, aprieta fuerte su foto, nota el dolor en los nudillos... está cansado de estar cansado, de no querer nada, de no poder sentir nada, de no servir para nada, ni siquiera para suicidarse.
Se incorpora, limpia su nariz con la manga de la camisa, ahora roja por la sangre. Vuelve a sentir la gravedad, su cuerpo, los latidos, el hormigueo en los pies y los gusanos dentro del estómago. Su reflejo sigue sin mirarlo. La media manzana del frigorífico, el cigarro apoyado en uno de los huecos del cenicero, el sudor en las sábanas de la noche anterior, y la anterior, y la anterior. Sale al patio. Respira y como si nunca hubiera entrado aire en sus pulmones, los llena, espera y lo suelta despacio. El sol aún no ha salido pero la luz tenue del salón hace posible distinguir las cosas fuera. El columpio chirriante que aún no ha arreglado, ese árbol que lleva ahí más años de los que él es capaz de recordar, colillas entre el césped jugando a ser hierba y el buzón lleno de cartas, como siempre. Todo lo que ella odiaba. La radio está encendida, suena su canción. Se mete las manos en los bolsillos, aprieta fuerte su foto, nota el dolor en los nudillos... está cansado de estar cansado, de no querer nada, de no poder sentir nada, de no servir para nada, ni siquiera para suicidarse.
Entra de nuevo. Le dice a la chica de la cama que se largue y ella, desnuda, se viste rápido, coge el cigarro del cenicero y las bragas de entre las sábanas. Baja las escaleras, él la mira y por un momento cree verla. No, no es ella. "¡Nunca serás ella!" le grita. Y empieza a llorar. Como un niño cuando le rompen su juguete favorito, pataleando. Y como un loco empieza a murmurar... "nunca será ella, nunca bajará esas escaleras como ella". La chica intenta consolarlo y deja su número en la mesilla. Al darse cuenta se levanta, la agarra por el cuello e intenta matarla, pero consigue relajarse y le exige que se vaya. Ella recupera el aliento, le da una última calada al cigarro, se lo tira a la cara con asco y lo abandona de un portazo.
No la llamará. Ninguna le da el calor que necesita, está harto de despertar con los pies fríos aun teniendo otros al lado. Se tumba en el sofá, aparta el desorden de la mesa y pone sus pies encima. Cigarro en mano empieza a escribir. Eso es lo único que lo mantiene vivo. Y cogiendo el bolígrafo se imagina otra vez en clase, delante de sus alumnos. Podía enseñarles a medir versos, podía contarles la vida de cualquier autor, podía enumerarles todos los géneros literarios en orden cronológico, alfabético si lo preferían, pero no podía enseñarles a apreciar todo eso, a sentir los versos, las palabras... ¿cómo le enseñas a alguien algo que a ti nunca te enseñaron? ¿cómo transmites algo que tú no aprendiste encerrado en esas cuatro paredes? Ese mismo día se retiró. Pero qué sabrá un profesor, qué sabrá él de la vida, que sabrá él de poesía,
de amor...
No la llamará. Ninguna le da el calor que necesita, está harto de despertar con los pies fríos aun teniendo otros al lado. Se tumba en el sofá, aparta el desorden de la mesa y pone sus pies encima. Cigarro en mano empieza a escribir. Eso es lo único que lo mantiene vivo. Y cogiendo el bolígrafo se imagina otra vez en clase, delante de sus alumnos. Podía enseñarles a medir versos, podía contarles la vida de cualquier autor, podía enumerarles todos los géneros literarios en orden cronológico, alfabético si lo preferían, pero no podía enseñarles a apreciar todo eso, a sentir los versos, las palabras... ¿cómo le enseñas a alguien algo que a ti nunca te enseñaron? ¿cómo transmites algo que tú no aprendiste encerrado en esas cuatro paredes? Ese mismo día se retiró. Pero qué sabrá un profesor, qué sabrá él de la vida, que sabrá él de poesía,
de amor...
Miserable, acabado tras la muerte de su esposa, misma ropa día tras día, sin comer, sin ducharse. El mundo es una mierda y él ofrece su mierda de poemas. Una especie de intercambio, equilibrio. A veces parece como si su olor impregnara la casa, como si todo fuera fresco y puro de nuevo, a veces parece que hasta escucha su risa, el sonido de sus pies descalzos andando por todo el salón. Nota sus brazos en él, sus manos acariciando su nuca mientras le susurra al oído algo que lo calma, "cariño, todo irá bien..." y acto seguido se va, huye, se desvanece, lo deja solo. Él grita y sigue gritando, ya está lejos y sabe que no puede alcanzarla, pero sigue gritando, cada vez más alto. Ya no la ve, lo abruma la pena, todo se desmorona y torpe, se va deslizando hasta tocar el suelo.
Es un dolor incesante, agudo, un dolor que le nubla la vista, que lo anestesia. Siente un fuerte golpe en la cabeza. Huele su pelo, el mar...la observa, ella abre los ojos, levanta su brazo como señalándolo, como pidiéndole que se acerque y bailan juntos, se funden sus sombras. Ya están a salvo.

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