domingo, 22 de marzo de 2015

Que arda París.

No me perdí
en un cruce de palabras
ni me anotaron mal la dirección,
fui yo
la que decidió esperarte,
sabiendo que nunca
iba a poder abrazarte,
como una carrera
en la que por mucho que corras
nunca llegarás a la meta,
como querer coger el destino
y moldearlo
en un intento vano
de querernos mal,
pero querernos, al fin y al cabo.

Y nos desvanecemos
como las hojas
de ese árbol dorado al caer,
desaparecemos como la Torre Eiffel
entre la niebla
y me es inevitable el pensar
que hasta los recuerdos tiemblan,
que ganar
está sobrevalorado
y que todo acabará borrado
aunque nos empeñemos
en aguantar,
en seguir acumulando fotos rotas,
algún típico souvenir
de esa típica ciudad
con calles olvidadas,
secretos ocultos
conmigo pero sin mi,
ausente,
sin ti.

Aquí dicen creer en el amor,
ponen candados en un puente
pidiendo un deseo erróneo
cerrando los ojos,
apretando las manos
y susurrando un 'siempre'
tan inexistente
como los besos jamás dados,
queriendo estar unidos
hasta el fin,
no dejando nada al azar,
creyéndose eternos
con personas efímeras,
y yo,
que me conformo
con estar contigo
al lado del mar,
lejos de todo lo demás.

Sí,
que arda todo aquel que diga
que siempre nos quedará París,
y que sus cenizas se mezclen
con el viento,
ese que aun lleva tu voz,
y yo
mirando a la luna,
soñando y diciendo
que ojalá,
siempre
me quedes tú.

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