viernes, 22 de mayo de 2015

Viva, muerta y muy lejos de aquí.

Feliz aquel
que no esconde su risa
en lágrimas invisibles,
quien surca los mares
teniendo a favor
el viento.

Feliz aquel
que saluda al Sol
día tras día,
sin poner en duda
su efímera luz
ni su elegante noche tardía.

Feliz aquel
que anda
sin elevar la mirada
hacia esa eternidad
de lo incierto,
hacia ese lugar lejano,
tan infinito
como la estupidez humana,
tan desconocido
como las injusticias
en plenos años de infancia.

Feliz aquel
que no oye las flores
ni siente la Luna,
quien cree
que los verdes árboles
no importan,
quien vive con la certeza
de que vive,
de que es alguien
y actúa sabiéndose
protagonista
de su propia especie.

Feliz aquel
que no imagina nada
más allá de lo que ve,
quien se conforma
con reflejarse en el cristal
y no en los ojos
de quien le hace temblar.

Feliz aquel
que es capaz de existir
entre enjambres de gente,
entre palabras ausentes
y ríos olvidados
de sangre,
que a veces,
vuelven a moverse.

Feliz
quien no escucha
la pena del Poeta.

Poeta
quien corre
sobre ese suelo azul,
quien se pregunta
por las estrellas,
y el por qué
de hasta las cosas pequeñas.

Poeta
quien vive en lo alto,
quien siente
la brisa del aire,
quien contempla lo patético
con ojos de pájaro
y muere
cada vez
que desciende,
porque le pesan las alas,
porque le cuesta esquivar
seres sucios e inertes
que se arrastran por el asfalto,
que le obligan
a olvidar
el arte de volar.

Poeta
porque muere,
porque prefiere
vivir entre sus letras
antes que aparentar
ser feliz
en un mundo
irónicamente
triste.




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