miércoles, 6 de mayo de 2015

¿Saltas o huyes?

Las ventajas
no suelen
compensarme los riesgos.

Las mentes que me rodean
son repugnantemente estables.

No sé si mi reflejo
es suelo firme
o más bien esa cornisa
por la que nadie
se atreve a saltar.

Y se quedan ahí.
Mirando.
Imaginando que habrá
al final del acantilado,
preguntándose qué esconderá,
pero quietos,
sin dar un paso
hacia delante,
como quien prefiere
prevenir
antes que curar.

Y casi mejor
que todos actúen
como dice el refrán.

No quiero más piedras
lanzadas desde arriba
en picado
cayendo
a mi vacío,
ni más mentes podridas
pisando fuerte
creyendo que así
me dejarán huella.

Ya he visto a la huida
demasiadas veces,
las mismas
que me hubiera gustado
perderla de vista.

Ella hace
que se vayan
antes de cometer algún error
(acierto, aunque aún no lo saben).
Retroceden
antes de llegar al final,
sin arriesgarse,
con la certeza
de que no se quedarán.

Quizá soy yo
la que no quiere
ver la realidad
o la que la conoce tan bien
que prefiere evadirse
de tan contagioso mal.

Puede que esté
igual de infectada que el resto,
que mis pájaros
no tengan alas
y ya no puedan
alzar el vuelo,
pero al menos
los peces
de mis turbias aguas
ya no se tragan
esas sandeces
que escupís en la boca del viento,
esas en forma de falsos anzuelos.

No quieren
más sentimientos
ni fichas
fuera del juego.

Tan solo aceptar
que cuando empezaste
a olvidarme
ya jugabas en tu contra
y aún así,
no fui capaz de ganar.




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