martes, 1 de septiembre de 2015

Nota extensa sobre la locura.



Jueves. De madrugada. Casi viernes. Alguien habrá, piensa, como él, dando vueltas en la cama. Y más tarde, descalzo, en el balcón, alguien habrá, ahora solloza, que lo comprenda. Se trata de pensar hasta quedarse seco, paralizado, respirando sin saber para qué, con qué propósito ocurre y qué es lo que dicta su final, desmenuzando su alma, intentando hallar respuesta para unas preguntas de las que nunca logra discernir su prioridad, pero eso sí, con el lastre de tener que pertenecer a la sociedad.

¿Es su voz la que escucha? ¿O es la que quieren ellos que merodeé por sus entrañas?

Se retuerce hacia el lado izquierdo. Cierra los ojos. Asimila su fobia, sabe que últimamente accede a salir por el absurdo motivo de producir satisfacción en sus caras, contesta con un sí indiferente que ellos siempre aceptan, con una mueca de aprobación ya muerta, ponen buena cara, el supone que se alegran de verle, y aunque nunca lo sepa, acierta. Una leve sonrisa asoma cuando le gritan al camarero que ponga otra ronda, a lo que este contesta que sí, que la vida hay que vivirla y que por qué no, esta noche, invita la casa. Tiene delante un montón de rostros que esperan una acción, una reacción, una queja, un cumplido quizás, algo humano del ser que ellos mismos juzgan como lo contrario. Pero no le importa, el calificativo "loco" tiene el mismo porcentaje de insulto que de halago, siempre se ha usado para describir las mentes que otras mentes no pueden comprender, ya sea por incapacidad, envidia, falta de perspectiva o carencia de curiosidad. Miró las caras pero no observó ninguna, cerciorándose de que si las volviese a ver serían para él tan desconocidas como la suya propia. Nadie le representaba, ni siquiera el mismo, y tampoco hacía falta.

Le ponía nervioso pensar que si esa reunión llegaba a durar más de una semana, nadie tendría tema de conversación, ni historias que contar, ni absolutamente nada. El contacto humano siempre había sido parcial. Pero seguía allí, y una vez más no conectaba con esas mentes, no después de escuchar esa sarna de palabras malsonantes. "La vida hay que vivirla" y lo dice -piensa-, alguien que entiende ganarse la suya  por el mero hecho de trabajar en una taberna hasta los fines de semana. Es entonces cuando oye un pitido y se dice así mismo que su odio no puede cegarle más de la cuenta, no puede cubrir sus ideas. Y ve que llega incluso a cuestionarse la utilidad de los demás casi tanto o más como la de su estúpida existencia, y una parte de él los odia, sin ninguna razón aparente, sin recoger datos con los que poder juzgar, ¿pero para qué? a los ojos de otra persona ese juicio imprescindible para él puede tener las mismas consecuencias, que en un hipotético caso, matar una hormiga, algo insignificante para un humano y algo tan devastador como la muerte para el pequeño insecto.

Aunque la gravedad que se le concede a morir no es más que la que se le debería de otorgar a vivir.

Había tantas cosas que no entendía...la indiferencia le fascinaba mientras que la dependencia hacia algo le hacía rehuir de quien se la proporcionaba. Respira. Hace una breve pausa. Intenta calmarse. Su mundo se reinicia, aunque tarda en volver. Recobra la visión, la otra visión de las cosas. La simple, la complicada, la ajena, al fin y al cabo. Sigue sintiendo el vacío de siempre. No. Silencio. Queda alguien en la sala, no consigue ver nada, pero le cogen de la mano. Un cosquilleo insoportable a la par que placentero le recorre todo el cuerpo, vértebra a vértebra. Pronto deja de preocuparse, sus escalofríos no parecen molestar, sabe que no tiembla de frío, sino de alivio, le da miedo tanto bienestar. Sus músculos comienzan a relajarse, pero, no es posible. La huida permanente de todo cuanto le rodeaba estaba llegando a su fin. Ya no sentía asco ni necesidad de cambio, pues había llegado solo, sin buscarlo. Era libre porque sabía que como él, otro también estaba enjaulado. Por fin. Su mente, sus mentes, habían conectado. 

Había hilos, cadenas...pero apenas los notaba ya. El torbellino de pensamientos jamás iba a cesar, formaba parte de él, eso estaba claro, pero podía desquitarse, podía descargar la información en otro, como un pendrive lleno de palabras en un ordenador insaciable. Una guarida, un segundo hogar al que no estaba atado, un silencioso orden mental, un caos parecido al suyo. La búsqueda de algo sin saber el que, la soledad y las ganas de tener ganas. Pero era efímero. La tinta del papel, con unas simples gotas de lluvia, desaparecería, como si nunca hubiera existido, igual que se evaporaría con el fuego o se haría añicos con unas manos dispuestas a romperlo.

El mismo efecto, las mismas consecuencias, y aun así, actos distintos.
Todo depende del filtro con el que se mire.

Como el inocente humano, a su juicio, o el brutal asesino, a través de los ojos de la indefensa hormiga. Como el absurdo loco de siempre, o el cuerdo, tan solo, a través de los ojos de unos pocos.



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