martes, 14 de julio de 2015

Romper en caso de incendio.



Los violines aprietan sus cuerdas cada vez que la sienten respirar, el mar rompe los muros impuestos por, a sus ojos, seres que no comprenden nada, las gotas parecen acariciarla, los árboles la ayudan y le dan tregua al pisar la hierba, se envuelve entre los pequeños detalles, le escuece el dolor cuando no puede ser expresado, y pasa, ajena a los torbellinos que levanta, ella pasa.


Como pleno agosto invadido por una tormenta fría, plagado de insectos que van comiendo y royendo lo poco que queda de calor, como un niño al entender que todo acaba: llora. Llora por no querer formar parte de lo inevitable, y salta en sus propios charcos, los seca, intenta sanar los ajenos pero en vano, vuelve a inundarse. Grita y se deja deshacer entre tanto ruido, empieza a sonar lejana la canción que le calma el alma, la radio destartalada en esa mesilla, olvidada tras la guerra, desgastada por las balas de las horas. Afina el oído y suena como riéndose, con una mueca sabia a la par que ignorante, dando paz, dándole las notas adecuadas para volver a sentir la necesidad de seguir luchando. Exprime la marea que le cala los huesos, la que siempre ha hecho que llegase tarde, y sin dudar, como algo instintivo, como si de nacer se tratase, llena los pulmones de aire, sube el volumen de sus latidos y se deja llevar...


Empieza de nuevo, intentando atrapar pompas de jabón, siendo consciente de tal imposibilidad y de la importancia de ésta para seguir, seguir y seguir intentándolo, como una excusa, como la gravedad manteniéndonos en el suelo y nosotros tomándola como desafío, motivación y oportunidad para salir al espacio. Y comienza a dibujar sueños en el aire, se divierte entre miradas, divaga en las esquinas de las manos de quien pasa las páginas de un libro, está presente en esa caja de recuerdos repleta de vacío, entre los dientes de quien acostumbra a reír por dentro, naufraga por los rincones de las mentes que tienen tantas hogueras de ideas que el blanco del papel les parece más caos que su propio desastre. Fuego que jamás acabará, pues se alimenta día tras día, batalla tras batalla, caída tras caída. Y arde, se prende como las ciudades, demostrando que todas, en su subsuelo, llevan entre las raíces la frase "romper en caso de incendio".

Y pasa. Ella pasa.


Los círculos irritantes que pueblan las aceras tienden a asustarla. Los observa en silencio, callada. Van enfrascados en su lista de cosas por hacer hoy, y mañana...todos apuntan rutina, desgana, obligación, vacío, destrucción...pero nunca disparan. Les falta un solo fin por confirmar, una cruz que haga evidente "que ya está hecho". Y de vivir...de eso nadie se acuerda. Creen que sorprenderse es encontrar un trozo de papel, ese que puede llegar hasta el color lila y hasta el número quinientos en solitario, encontrarlo tras meter la mano dentro de esos vaqueros desgastados, los que según el cambio de estación y el paso del tiempo van quedándose en el fondo del armario, cada año más rotos y con menos valor.


Toma aire. Desfrunce el ceño y ahora, totalmente plena, afirma sin miedo a fallar, que se arrepentirán. Se arrepentirán de confundir el propósito de alguien con el suyo propio, de no haber volado antes de ver por primera y última vez a la muerte mientras les arrebata las alas que no usaron. Jamás entenderán las arrugas, lo irremediable, el "espera" que acontece a un "ceda el paso", las piedras en el camino que nos hacen andar, el olor a eterno tras pintar una habitación con algún color al azar.

Pobres...al final solo les quedarán unas camisas, un par de relojes envueltos en papel de regalo, flores de cartón en las paredes a modo de espejo, tropiezos sin aprovechar, cajas de condones repletas de sábanas a nombre de uno y cerradas con el frío permanente que da la soledad en la cama los domingos de resaca, maquillaje que cubrió sus caras pero no el vacío de su ser, silencios sin apreciar, segundos perdidos por no saber aprovechar...


Cambiarán sus objetivos cuando ya no puedan moverse, cuando al unir los puntos no haya marcha atrás, cuando comprendan que lo suyo no fue existencia, sino un funeral de colores, un falso placebo, un simulacro de muerte que entendían como vida.

Persiguen un espejismo en el desierto, se dejan la piel para llegar y no, no hay mar, solo tú dejándolo todo pasar.

Y pasa, ella pasa, y en menos de lo que se atrapa una pompa de jabón, ella, simplemente, los deja, nos deja, se desvanece y explota.


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