viernes, 12 de junio de 2015

Para volver a querer.

La veo a medio camino,
su madre al otro lado, ella relajada,
oliendo las flores lilas
y mirando intrigada
mientras le ciega la luz del sol,
pero no se cubre la cara,
simplemente disfruta del calor.

Está mirando una mariposa
y al verla volar
se sorprende e intriga a partes iguales,
la mira con deseo
sin saber que ella también

puede levantar el vuelo
y hacer el mundo algo más pequeño.

Y ve la vida
sin la muerte,
las rosas sin espinas,
tiene ausencia
de heridas y fracasos
y más de mil sonrisas
guardadas entre los días
de sus pocos años.

Y baila, baila
y sigue bailando,
porque no le pesa
el paso del tiempo,
porque desconoce la rutina
y los engaños,
porque sueña
sin esfuerzo,
porque hace música
con cada paso
y vida
con cada sincero
gesto de inocencia,
porque está viva,
por fuera
y por dentro,
porque disfruta del caminar
y su filosofía,
su única arma letal,
es la que le otorga
la capacidad
de imaginar.

Y sigue bailando,
hablando con el viento,
susurrándole a los pájaros,
disfrutando de lo que ve
porque lo mira con sus ojos
y no hay nadie
que la intente convencer
de que existe
algún otro modo.

Ya podría reírse a carcajadas
de todos nosotros,
cachondearse de lo inútiles

que debemos parecer
metidos en nuestras burbujas

llenas de odio
que nos ciegan al ver.

Podría ser ella la que nos enseñase
a sentir la libertad,
las ganas de descubrir y la ilusión
por cualquiera de los momentos
que vienen ligados a cada estación,
la grandeza de cada diminuto ser
y lo prescindible que resulta todo
cuando te das cuenta

de que las necesidades
no son más que espejismos,
como La Tierra disfrazada de calma
entre tantos seísmos.

Y yo vuelvo
a ser esa niña
cada vez
que quiero alejarme
del mundo,
cada vez que la tinta
impregna el papel
y solo necesito
que me inunde la calma
para volver a querer.



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